19 de marzo de 2017

De noche son pardos, o de cómo Chip se agrietó - Ana de Haro

¡Hola! Espero que ya hayan almorzado ya que para la sobremesa tenemos un nuevo relato, Estos post forman parte del "Especial Bella y Bestia", una movida de la que estamos participando muchísmos blogs (lista al final del post), como anticipo del estreno de la nueva película "La Bella y la Bestia"

De noche son pardos, o de cómo Chip se agrietó.

“Especial La bella y la Bestia”. 17-19 marzo 2017.
Ana de Haro.

El gato se coló entre los barrotes oxidados de la verja sin producir sonido alguno. Ni el chirriar característico de los goznes de la puerta al girar, ni el golpeteo de las patas de los lobos y otras bestias salvajes en las losas de piedra del camino de entrada, nada que pudiera escucharse desde el interior del castillo. Sólo el deslizar suave y sinuoso de las melenas del tigre despeinado en miniatura al colarse entre los barrotes y el golpeteo suave (tap tap tap) de las patitas, nada que pudiera captar un oído humano. Cruzó velozmente el patio de entrada, sin detenerse en las señales que recibía su instinto (¿peligro dentro? ¡peligro fuera, en el bosque!), directo al interior. Nada de pájaros ni ratones apetitosos en las ramas escuálidas de los árboles, al menos no de noche. De un salto se posó en el alféizar de una ventana, una bolita oscura y dos ojos brillantes apenas visibles, y se coló a través del cristal roto. Si se hubiera detenido en la entrada principal tal vez habría percibido los restos de magia adheridos al dintel, justo en el punto donde rebotó el hechizo, unas chispas luminiscentes y un extraño olor a azufre y pimienta, aún claros para un hocico sensible incluso una década después. Un gato nota esas cosas. 

El gato se desperezó y se sacudió los restos de bosque del pelo. Una calidez evidente, suave y agradable a pesar de la ventana rota, llegó hasta él enseguida. Una chimenea ardía en alguna habitación cercana. Calor, bien. ¿Personas? No tan bien. Dejó sus huellas en el polvo de la mesa y se dejó caer en la alfombra. Olfateó fugazmente el aire. Pero no olía a personas, ni rastro de ellas. Un ligero olor a pelo húmedo. Tal vez a perro mojado. Y a comida, más adelante, cerca de la chimenea. Y un poco a pimienta y azufre, aquí y allá, por los rincones. Valía la pena arriesgarse. El gato echó a andar, las patitas hundidas en la alfombra (tap tap tap), en dirección a la fuente de calor, pegándose a las cortinas y a las paredes. Apenas una sombra más en un castillo a oscuras.

El gato subió escaleras, y bajó escaleras, e ignoró las gárgolas deformes y retorcida que adornaban siniestramente las columnas, salvo para rascarse el lomo de vez en cuando (¿qué es una gárgola para un gato sino piedra afilada?), y los lienzos desgarrados y los tapices hechos pedazos que colgaban de las paredes, salvo para detenerse aquí y allá a afilarse las uñas (como parecía que había hecho ya en alguna ocasión un gato un poco más grande). En el último escalón se permitió dar un saltito que levantó una nube de polvo, y entonces sí se detuvo un instante a escuchar. ¿Un tintineo a su espalda? ¿Una leve tosecilla? El gato se quedó quieto, las orejas levantadas, el rabo tieso y vibrante en la punta. No se giró, a un gato no le hace falta. Aceleró el paso de sus cuatro patitas (había luz más adelante, apenas al otro lado de la puerta), y ahora sí, un tintineo a su espalda, apenas perceptible. Un movimiento. El gato aceleró (taptaptaptaptap) y se escurrió en la habitación.

Y sí, una chimenea apagándose poco a poco, los últimos rescoldos crepitando suavemente, y el olor acogedor del humo y de la leña, y los restos de una cena rápida frente al hogar. Una bandeja, y platos sucios, y huesos con trozos aún de carne, y tazas con gotas aún de crema, una cena rápida acabada no hacía mucho, y el olor del perro aún flotando en el ambiente, pero no cerca. Lo bastante para erizar el lomo del gato y lo suficientemente lejos para animarle a acercarse a la bandeja abandonada en el suelo, dejando de nuevo sus huellas polvorientas en el cristal, olfatear un hueso, mordisquear la carne, y lamer, lamer, lamer las tazas hasta dejarlas limpias y relucientes. Ummmm. El gato disfrutó los restos, mucho más jugosos que los escuálidos ratoncillos que de vez en cuando había podido cazar en el bosque, y arañó la alfombra para arrancar el fuerte olor a otro animal, un perro, un perro grande, y se subió de un brinco al sillón. Un perro maleducado, que había llenado de pelos los cojines. El gato mezcló los suyos, negros y grises, a los rubios que forraban la tela desgastada. Se restregó a conciencia, disfrutando de la suavidad y del calor, y aprovechó para asearse bien, que ya le hacía falta, sin olvidar las patitas y los huecos entre los dedos, y se acurrucó, hecho un ovillo, y cerró los ojos, mullido, ahíto y calentito. Se permitió por primera vez en días un ronroneo de gusto (prrrr), que se fundió con el crujir de los últimos restos de madera al quebrarse en la chimenea.

Y justo consideraba, entre ensoñaciones, orinar en condiciones en el sofá, que el olor a perro era molesto, cuando lo oyó otra vez, el tintineo de la loza, y pasitos suaves, quizás saltitos. Y olor a ¿azufre, y a pimienta? ¿Se había caído un plato, una taza? El gato abrió los ojos y saltó del sofá y salió por la puerta opuesta, taptaptap, nada de detenerse a mirar hacia atrás, nada de explorar, demasiada experiencia acumulada para anteponer curiosidad a huida… 

Pero lo cierto es que este gato en particular no tenía demasiada experiencia con la magia. Así que, en su búsqueda de una ventana abierta por la que escabullirse, se dirigió al oeste, donde el olor a azufre y pimienta, qué extraña combinación, era cada vez más fuerte, pero también el susurro del bosque y el del viento entre las ramas de los árboles. Una ventana abierta, o una balconada por la que escabullirse…

Y allá, en el extremo más lejano del ala oeste, la encontró. Un balcón abierto, cortinas ondeando al viento y de nuevo tapices y lienzos que algún gato algo sobredimensionado había aprovechado para afilarse las uñas, y también olor a perro, mucho más intenso que antes…

El gato evaluó sus opciones en una décima de segundo, como evalúan los gatos. Olor a perro, balcón abierto, pasos y susurros a sus espaldas, y decidió que valía la pena arriesgarse, y echó a correr en dirección al balcón, y a mitad de camino frenó en seco.

Algo brillaba, ahí sobre la mesita redonda, brillaba mucho, y todo lo demás, susurros y pasos y olor a perro y azufre y pimienta y balcón abierto perdió fuerza, como si alguien hubiera bajado el volumen a la emisora que proyectaba esos instintos, y la luz de la rosa que flotaba, bellísima, tras la campana de cristal, inundó su cerebro. El gato subió de un salto a la mesita e inclinó la cabeza, la rosa reflejada en todo su esplendor y por duplicado en sus pupilas dilatadas, y quiso olfatearla y su nariz rosada golpeó el cristal. Y el gato alzó la patita y golpeó la cúpula suavemente, una, dos, tres veces. Tap. Tap. Tap. Un pétalo se desprendió de la rosa y se posó sobre la mesita. 

Todo sucedió muy rápido. Un rugido estruendoso, el rabo y el lomo erizados, el zarpazo fallido sobre la mesita. El gato no llegó a ver al enorme perro, ni se detuvo para contemplarlo. Saltó a toda velocidad sobre la alfombra, giró sobre sus pasos, la figura bloqueaba el balcón, corrió hacia la puerta, corrió, corrió, corrió, y en el camino se tropezó con la loza, y tiró el candelabro al suelo y golpeó la tacita, que se quebró, (¿y se oyó un “ay”? ¿y un merde?), y algo que se parecía a un cojín reposapiés (¿qué había en esa crema?) le persiguió escaleras abajo, entre ladridos. El gato llegó hasta la ventana rota, se escurrió por el agujero, sinuoso, y se adentró en el bosque, ahíto, mullido y aterrorizado, el olor de la magia, pimienta y azufre, pimienta y azufre, bien pegado a sus bigotes. Extraña combinación.

Amo a los gatitos. Tengo una y es carey. Si no saben cómo son los invito a buscar fotos en Google, se van a soprender.

Cuando leía el relato no podía evitar recordarla, me la imaginaba, con su curiosidad infinita, recorriendo todo el castillo e investigando los lugares más insólitos. Además, amé las conjeturas que hacía al ver los arañazos de "un gato grande con olor a perro".

Seguramente, cada vez que vea a Chip, me voy a acordar de este relato.

¡Un beso grande!

Por si no se anotaron, recuerden que en el anterior post sigue corriendo el sorteo por un libro de Rachel Bels "Bella y Bestia"

Ver más post del "Especial Bella y Bestia"

Las invito a pasar por el resto de los blogs que están participando en el especial:

2 comentarios:

  1. ¡Hola!

    Este es de mis relatos favoritos, me encanta cómo se narra desde la perspectiva de un gatito, las sensaciones que percibe y cómo se explica ese "desperfecto" de la tazita :)

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    1. ¡Hola! Sí, además es tan amoroso el gatito, me dan ganas de entrar y adoptarlo.

      ¡Besos!

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